La Humanidad se agota por exceso

EL PLUMILLA ERRANTE
José A. Gaciño

Asumida la doctrina del crecimiento continuo (en economía como en otras actividades humanas, a veces confusamente ligada a la idea de progreso), resulta automático considerar un problema el descenso de la natalidad en determinados países. En España, sin ir más lejos, como, en general, en los países más desarrollados, en los que la mujer ha podido alcanzar un mayor nivel de autonomía a la hora de decidir sobre su maternidad. En el primer semestre de este año, en España se han registrado más muertes que nacimientos, una circunstancia que ya se había producido en 1999. Entonces, los nacimientos terminaron superando a las defunciones al final del año, pero esta vez los demógrafos ven difícil que se cambie la tendencia. Y si la tendencia sigue manteniéndose, España perdería un millón de habitantes en los próximos quince años y más de cinco millones, de aquí a 2064.

En realidad, esa tendencia podría significar un motivo de esperanza para la supervivencia de la especie humana, sobre todo si se extiende al conjunto del planeta. Hasta ahora, la humanidad va camino de agotarse por exceso. Los científicos todavía no tienen bien definido cuál es el umbral de población a partir del cual comenzarán a plantearse graves problemas de supervivencia, teniendo en cuenta la limitación de recursos del planeta y los niveles de deterioro del medio ambiente, pero la cifra de 9.000 millones de habitantes es una de las que se baraja, y a esa cifra se puede llegar dentro de diez o quince años.

Los graves problemas de contaminación causados por la actividad humana, especialmente por el consumo intensivo de combustibles fósiles, están muy estrechamente relacionados con la superpoblación. El homo sapiens lleva más de cien mil años dejando su huella en el planeta, en principio muy leve, evidentemente, pero incluso cuando ha ido siendo más profunda, a partir de la revolución agrícola, nunca ha significado un peligro para la supervivencia global, pese a las devastaciones de terrenos y de las grandes depredaciones de otras especies animales que se han ido produciendo, con un alcance local, que llevaba a la desaparición de algunas colectividades o a su desplazamiento más o menos traumático.

El peligro ha empezado a extenderse, a globalizarse, a partir de la revolución industrial y con el espectacular crecimiento demográfico: en poco más de dos siglos, la población mundial se ha multiplicado por siete. El deterioro medioambiental afecta ahora a todo el planeta y necesita una solución planetaria. En la ONU llevan intentándolo desde la primera Cumbre de la Tierra sobre Desarrollo Sostenible, celebrada en Rio de Janeiro en 1992. Se han sucedido reuniones y conferencias internacionales, se formalizó el Protocolo de Kioto en 1997 (suscrito por 37 países industrializados, pero sin Estados Unidos ni China), y un Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático ha llegado a conclusiones científicas sobre las causas del calentamiento global y la necesidad de reducir drásticamente las emisiones de gases contaminantes.

De eso vuelve a hablarse estos días en Paris, arrastrándose la frustración de más de veinte años de debate con resultados muy limitados. Los poderosos intereses económicos en torno a la energía contaminante y la resistencia en las sociedades desarrolladas a rebajar los niveles de consumo de esa energía, junto con el agravio de las menos desarrolladas que reclaman su derecho a alcanzar esos niveles de consumo, bloquean un avance más profundo hacia el objetivo marcado de no rebasar los dos grados de aumento de temperatura para 2100. A falta de una voluntad política general de acometer ese problema, prescindiendo en primer lugar de la obsesión por el crecimiento (económico y demográfico), parece que sólo se puede aspirar a aplicar parches.

 

@jagacinho

España

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