La oscuridad

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Antonio Castillo

Los poderes fácticos de la católica Irlanda consideraron pornográfico el argumento de La oscuridad y la prohibieron, y no contentos con ello expulsaron a su autor de la escuela en la que daba clases. Era la segunda novela de John McGahern, que con 30 años tuvo que hacer las maletas y emigrar a Inglaterra, donde se ganó la vida como vendedor de pisos.

No parece que las cosas hayan cambiado mucho, al menos en España, que es de facto un país confesional por más que su ordenamiento haga guiños a un término, laicismo, que algunos pronuncian todavía en sordina, como con miedo. Las creencias que en lugares más civilizados se reservan a la intimidad se ventilan aquí en el espacio público, de modo que a nadie parece extrañarle que las autoridades juren su cargo ante un crucifijo, que la catequesis católica se erija en asignatura, impartida por profesores elegidos por los obispos pero pagados por el Estado, o que medios de comunicación de variado pelaje acojan las sandeces del prelado de guardia sobre asuntos, como el sexo, de los que presuntamente ignora todo.

El protagonista de La oscuridad es un niño infeliz. Vive en la Irlanda de principios del siglo XX bajo el yugo de un padre viudo, un tipo brutal que descarga su frustración en quienes lo rodean y que tensa el ambiente con su mera presencia, pero que también es capaz de vocear los éxitos de su hijo en los estudios o de ayudarle a encontrar la salida de ese laberinto de formación que es, en definitiva, la novela.

No todo es blanco o negro, parece indicar McGahern, por más que pretendan reducir la realidad –la oscuridad– a esos dos colores quienes chantajean a los necesitados con una sotana que les garantizará instrucción. Para el joven Mahoney, sin embargo, el sacerdocio no es la vía de escape sino otra vuelta de tuerca a un presente miserable e incierto: el hueco que dejó en su lecho un padre sobón lo ocupa un cura.

El náufrago me devuelve al presente y a la artimaña que se disfrazó de crisis para que los poderosos mantuvieran su estatus a costa de una ciudadanía que, como en la Irlanda de McGahern, ha limitado su paleta cromática al blanco y al negro. Los que a diario claman contra los políticos como responsables del desastre son los mismos que se encierran en su casa para ver el deporte que dan por televisión a la hora en que arranca una manifestación, los mismos que callaron cuando su empresa echó a la calle a cientos de trabajadores y gritaron a pleno pulmón cuando amenazaron a su equipo de fútbol con el descenso de categoría, los mismos que le mientan la madre a los curas pederastas pero que no se plantean –qué pereza– apostatar, los mismos que se declararon agnósticos en una animada tertulia y ahora se acicalan frente al espejo antes del bautizo del bebé.

Las dudas del joven Mahoney no se resuelven porque nadie puede anticipar qué deparará el futuro. ¿Estudiar Medicina, una carrera de seis años, cuando su beca es de cuatro? ¿Aceptar una modesta pasantía o esperar un puesto mejor retribuido? ¿Retornar a la vieja casa familiar al lado de una hermana que también sufrió abusos? La decisión es suya, y quizá al tomarla encuentre apoyos inesperados que le ayuden a desbrozar una realidad que es siempre compleja.

El náufrago recuerda el miedo que sentía de pequeño cuando su padre, que apenas paraba en casa, le reclamaba sus deberes. Los cuatro metros que separaban el comedor donde iba a ser juzgado del recibidor donde descansaba la vieja cartera con la hebilla descosida se le antojaban un abismo. Luego venían la bronca y los azotes, y él odiaba a ese tipo corpulento y atezado que decía que se estaba dejando la vida para sacarlos adelante. Ahora aquella escena es solo un chasquido molesto, un pellizco.

Cuando en sus años universitarios retornaba al hogar por sorpresa cenaban, entre chistes procaces y valoraciones políticas, en la misma mesa que aguantó el escrutinio severo de un cuaderno infantil. Compartían risas y tacos de queso bajo la lámpara y, secretamente, deseaban que la noche no acabara.John Mcgahern

McGahern fue el mayor de siete hermanos. Los crio la madre, que era maestra y además se ocupaba de la casa y que murió de cáncer cuando John iba a cumplir diez años. La convivencia con el padre, un hombre de carácter difícil que por su trabajo de policía pasaba poco tiempo con sus hijos, no fue fácil para el futuro novelista, que se acostumbró desde pequeño a recorrer a pie largas distancias para ir a clase.

Completó con brillantez sus estudios y empezó a escribir cuentos. Tras la polvareda levantada por la publicación, en 1965, de La oscuridad, ejerció la docencia en centros ingleses, franceses, estadounidenses y canadienses. Retornó a su país 30 años después. Decía que, aunque la gente creía que era un escritor que en sus ratos de ocio cuidaba de su pequeña granja, la realidad era exactamente la opuesta: era un granjero que pergeñaba ficciones en su tiempo libre. Falleció en Dublín en 2006. Aunque dedicó toda su vida a la enseñanza, se sorprendería quizá al enterarse de que muchos escritores irlandeses actuales, como John Banville o Colm Tóibín, lo consideran un maestro.

 

 

La oscuridad (Adriana Hidalgo, 2008). Traducción de Mariano García.

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