La Sudáfrica que Mandela reconcilió

El plumilla errante
José A. Gaciño

La Sudáfrica que Nelson Mandela ha dejado encarrilada es un país que ha pasado de ser un apestado internacional, al que se le negaban relaciones incluso en el deporte por su política racista, a figurar en el grupo de potencias emergentes. Le queda todavía mucho camino que recorrer para superar los altos niveles de desigualdad social entre la minoría blanca (10 por ciento de la población) y la mayoría negra (80 por ciento), pero el espectacular crecimiento a lo largo de estos casi veinte años de democracia (hasta sumar un 83 por ciento) ha permitido que todos los grupos raciales (negros, blancos, mestizos e hindúes, fundamentalmente) hayan visto crecer su poder adquisitivo y que empiece a configurarse una clase media negra (aunque todavía con ingresos seis veces inferiores a los de la clase media blanca).

Un estudio de la Universidad de Ciudad del Cabo calcula que tendrán que pasar un par de generaciones para que se puedan equilibrar los niveles socio-económicos entre esa minoría blanca, que todavía sigue controlando las mejores tierras y las más importantes empresas (entre ellas, las mineras, donde aún se mantienen unas penosas condiciones de trabajo y de salarios), y la mayoría negra (mayoritaria también en los niveles de paro: el 35 por ciento de los trabajadores negros está en paro, mientras que sólo el 9 por ciento de los trabajadores blancos está parado).

Es un proceso lento, pero seguro. Al menos, desde la perspectiva marcada por Nelson Mandela al acceder a la presidencia de su país, tras permanecer 27 años en la cárcel y después de unos años (los primeros desde la propia cárcel) de duras negociaciones con el gobierno racista hasta culminar en un acuerdo de reconciliación.

El activista que había puesto en marcha, a principios de los años sesenta del pasado siglo, el frente armado del partido Congreso Nacional Africano, fue el mismo que, a finales de los ochenta y principios de los noventa, establecía una vía escrupulosamente pacífica de conquista de la democracia. En el alegato que había pronunciado al final del juicio donde se le condenó a cadena perpetua, había explicado con toda claridad y coherencia cómo la política absolutamente intransigente y represora del gobierno del apartheid –que no dejaba ningún resquicio para la reivindicación cívica– les había llevado a la acción violenta. 

Años después, cuando el régimen racista comprendió la situación de bloqueo en que le había colocado su política intransigente y se abrió al diálogo–por la presión internacional y la movilización interna, pero también por la ineficiencia del propio sistema–, Mandela no dudó en aceptar el desafío, venciendo incluso las reticencias de algunos sectores de su partido. Y cuando llegó a la presidencia en 1994, con el apoyo de más del sesenta por ciento de los votantes, cumplió con todos los compromisos adquiridos con sus adversarios (es decir, con sus represores) y compartió con ellos el gobierno. Los blancos mantuvieron sus propiedades y su poder económico, y hasta sus puestos en la administración pública. El carisma de Mandela le permitió desarrollar una intensa labor de pedagogía ciudadana (eso que tanto vemos escasear entre los políticos, sobre todo entre los europeos de los últimos años) para asentar la democracia y evitar una guerra civil, convenciendo a los suyos de que la venganza sería contraproducente y demostrando a los otros que estar contra el apartheid no era estar contra los blancos.

Al margen de su categoría ética personal, que le granjeó el respeto y la admiración de casi todo el mundo –y que parece que es lo único que algunos quieren destacar, colocándolo en una especie de pedestal de santo laico, al que es imposible emular–, Nelson Mandela demostró un gran talento político, utilizando armas tan simples como la prudencia, el respeto a todas las sensibilidades y la explicación continua de las decisiones más difíciles de comprender. Supo también sus limitaciones (de edad y de capacidad de gestión) y se limitó a cumplir un solo mandato presidencial, una vez alcanzados sus objetivos de democracia y paz.

Nada es perfecto, desde luego. Se evitó la violencia política, pero no se pudo eliminar la violencia social, esa que crece en la extensa marginalidad de una sociedad que viene de una profunda fragmentación, y que arroja altos niveles de violaciones y crímenes, incluso entre adolescentes. La hegemonía del Congreso Nacional Africano casi le equipara a un partido único, en torno al cual aparecen miembros de una nueva élite negra con los mismos vicios y defectos que las élites blancas (o las élites extractivas en cualquier país del mundo, con uno o con varios partidos).

Un largo camino que recorrer hasta que Sudáfrica se convierta en la locomotora de la economía africana, con permiso de China y de las grandes multinacionales occidentales que se disputan los grandes recursos naturales de ese continente fascinante, donde la descolonización ha escrito dramáticas páginas de heroicidad y de represión, lamentables historias de humillaciones y de corrupción. Y algunos ejemplos de hombres íntegros que emplearon su inteligencia para ayudar a sus conciudadanos a vivir dignamente. Nelson Mandela, como el más brillante ejemplo.

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