Las denuncias de Snowden no iban descaminadas
El presidente de Estados Unidos acaba de anunciar la progresiva eliminación del programa de almacenamiento masivo de datos telefónicos de los ciudadanos en general. Era uno de los aspectos más escandalosos desvelados por las filtraciones a la prensa que efectuó Edward Snowden, empleado de una empresa privada contratada por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés), una del millón y medio de personas (un millón de funcionarios y medio millón de empleados de empresas privadas) con acceso a información de máximo secreto.
También ha anunciado Obama que desaparecerá el control de teléfonos de jefes de estado y de gobierno de países amigos (como desveló Snowden que se estaba haciendo con la canciller alemana Angela Merkel y la presidentas brasileña Dilma Rousseff). Era otra de las revelaciones que causó más impacto en la opinión pública internacional, especialmente en los países directamente afectados (que eran prácticamente todos, a un mayor o menor nivel). Y que debió causar particular bochorno entre los gobiernos europeos a los que Estados Unidos puso a perseguir el avión presidencial de Bolivia procedente de Moscú, cuando pensaron que podía llevar escondido a Snowden que, por entonces (julio de 2013), emulaba al Tom Hanks de La terminal en el aeropuerto moscovita de Sheremetievo.
Naturalmente, en esto del espionaje no se puede fiar uno de nadie y aunque oficialmente se diga que se va a respetar la legalidad e incluso las reglas de la cortesía y la amistad, todos están convencidos de que se volverá a hacer de todo, por otras vías, hasta que los vuelvan a pillar. Es consustancial con el espionaje, una actividad clandestina e ilegal que practican todos los países, cada uno en la medida de sus posibilidades, porque la consideran absolutamente necesaria para la defensa de su seguridad y de sus intereses.
La paradoja –Estados de derecho desarrollando actividades ilegales– se hace más visible cuando se persigue a quien desvela esas actividades ilegales, como hizo Snowden el año pasado. Este espía arrepentido no hizo más que denunciar el abuso de poder que estaba cometiendo el gobierno de su país contra sus propios ciudadanos, a través del control indiscriminado de comunicaciones telefónicas y de internet, más allá de las muy amplias posibilidades de control que le ofrece la Patriot Act (“ley patriota”), promulgada en los días inmediatamente posteriores al 11-S.
Las anunciadas rectificaciones en los métodos del espionaje norteamericano demuestran que las denuncias de Snowden no iban descaminadas. De hecho, el propio Obama bajaba esta vez el tono de las acusaciones contra el joven ex espía, poniendo el énfasis en desaprobar sus métodos sensacionalistas, que, en opinión del presidente, han aportado más escándalo que luz. Pero nadie cree que, si hubiese empleado un método más discreto –expresar respetuosamente sus discrepancias ante sus jefes, por ejemplo–, el resultado pudiese haber sido otro que el despido fulminante (o algo peor, si hace uno caso a lo que se cuenta en novelas y películas de espías).





