Ligero de equipaje

El plumilla errante
José A. Gaciño

Había andado muchos caminos, convencido precisamente de que se hace camino al andar. Desde aquel patio de Sevilla donde maduraba el limonero hasta el modesto hotel Quintana, en Cotlliure (en catalán, que es idioma que también manejan en ese entrañable pueblo de la costa brava francesa), donde murió un 22 de febrero de hace setenta y cinco años. Había soñado caminos de la tarde, añorando la aguda espina dorada de la pasión que se había arrancado un día, y murió a las cuatro de la tarde. En el bolsillo de su gabán, con el que trataba inútilmente de protegerse de la neumonía que lo estaba matando, encontraron un papel arrugado con el último verso que había escrito: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Indescifrable fuera de contexto, pero como si volviese a la luz y al calor de los recuerdos sevillanos.

En aquella triste y terrible guerra, murieron centenares de miles de seres anónimos, de esos de los que, como decía el personaje Miralles de Soldados de Salamina, casi nadie se acuerda y con cuyos nombres no bautizaron ninguna calle miserable de ningún pueblo miserable. Que sólo viven en el recuerdo de sus familiares y amigos –muchos de ellos todavía andan buscándolos por cunetas y campos perdidos para darles una digna sepultura– y morirán definitivamente cuando ya no quede nadie que los recuerde.

Quizá por eso, para que no desaparezcan de la memoria colectiva las referencias a tan atroz episodio de nuestro pasado no tan lejano, hay algunos nombres relacionados con esa tragedia que son compartidos por sensibilidades universales. Al hilo de su genio literario, artístico, científico o incluso político, sus sufrimientos personales, sus dolorosos finales, asumen la representación de todo un pueblo absurdamente sacrificado en los altares de las venganzas ideológicas.

Y así, de la misma forma que Federico García Lorca caminó hacia la muerte como uno más de los ejecutados sumariamente cada madrugada, y que Miguel Hernández se pudrió literalmente en la cárcel como tantos otros cuya salud no pudo resistir unas condiciones de vida que quizá sólo eran un poco peor de las que se impusieron fuera de las cárceles a muchos supervivientes desafectos, y se convirtieron así en los símbolos literarios de una represión infinita, Antonio Machado, hace setenta y cinco años, se convirtió en la muestra agonizante del angustioso exilio de los vencidos.

Entre aquella marea humana que huía del fascismo triunfante en España y que apenas unos meses después se encontraría con el nazismo agresor –los que hubiesen sobrevivido a unos campos de refugiados que no se distinguían mucho de los campos de castigo que habían dejado atrás–, Antonio Machado fue uno más, eso sí más conocido y admirado, entre los miles que perdieron la vida en su peregrinaje doliente hacia la libertad. Envuelto en la republicana bandera tricolor, a hombros de milicianos, su cadáver fue depositado en el pequeño cementerio del pequeño pueblo costero donde se perdió la senda que nunca volvería a pisar. Ligero de equipaje, desde luego, como había previsto en su autorretrato poético. Y con toda la carga de ejemplaridad que nos transmite su recio compromiso con el pueblo herido por aquella guerra trazada por una odiosa mano.

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