Los problemas sociales, en segundo plano

EL PLUMILLA ERRANTE
José A. Gaciño

Tan legítimo sería que el gobierno español –el que está ahora en funciones o el que pueda ser investido, si los políticos electos son capaces de hacer política y llegar a acuerdos– hiciera frente a los posibles pasos del nuevo gobierno catalán hacia la independencia a base de recursos de inconstitucionalidad, o incluso haciendo uso del artículo 155 de la Constitución española, como que, en un golpe de audacia, retase a los independentistas a aceptar la celebración de un referéndum que aclarase directamente cuántos catalanes son realmente partidarios de la independencia. Sería como una propuesta in extremis, con unas cuantas líneas rojas chirriando, pero al menos una de las partes, la de los independentistas catalanes, no podría extrañarse de ese cambio de última hora después de la investidura exprés que han protagonizado en el pasado fin de semana.

La audacia no es algo que haya abundado en los gobiernos del actual sistema democrático español. Adolfo Suárez la gastó casi toda con aquella ley para la reforma política que le vendió a las Cortes franquistas (y que en cinco artículos y tres disposiciones transitorias se cargaba prácticamente las leyes fundamentales del franquismo) y con la legalización por sorpresa del Partido Comunista. Volvió a aparecer en aquella pirueta de Felipe González con la que dio la vuelta a su postura inicial sobre la OTAN, precisamente a través de un referéndum (había ensayado antes la audacia en el debate interno de su partido, cuando practicó la dimisión calculada para convencer a sus compañeros de que había que olvidarse del marxismo).

Claro que se habla de audacia cuando las cosas salen bien. Si se tuercen, se habla más bien de temeridad (la que cometen los temerarios, “excesivamente imprudentes arrostrando peligros”, según el diccionario de la Academia). En eso están precisamente los políticos catalanes que han iniciado su camino hacia la independencia. Llevados por una euforia movilizadora que superó sus propios cálculos al promoverla, vislumbrando suculentos réditos electorales, han terminado enredados en una interminable huida hacia adelante, a pesar de que los réditos no han sido tan suculentos. Su audacia se va convirtiendo en temeridad a medida que avanzan en el vacío, convencidos de que, a pesar de tener casi todas las condiciones en contra, esta es la gran ocasión histórica de alcanzar su sueño. Empezaron jugando lo que creían una buena baza electoral y ahora juegan a creerse que es posible poner en marcha el proceso. De todas formas, sigue pesando el cálculo electoral: la investidura exprés parece responder fundamentalmente al pánico a unas elecciones anticipadas que podrían haber supuesto el hundimiento final de la en otro tiempo poderosa Convergéncia.

Ofrecer ahora un referéndum para que despierten del sueño podría ser una manera de facilitarles una salida airosa. Después de todo, hay algunos gestos que parecen señalar ciertos resquicios para el diálogo. Como que, ante el primer recurso de inconstitucionalidad, el Parlamento catalán haya presentado alegaciones, en lugar de empezar a practicar la desconexión. O que la presidenta haya pedido audiencia al Rey para trasladarle el acuerdo de investidura (entre paréntesis: ¿no hubiese sido mejor recibirla, para acentuar que sigue formando parte del Estado?). O que el “sacrificado” Mas insista en que hay que evitar un gobierno central del PP, con o sin Ciudadanos, como insinuando que no verían mal otra alternativa.

Pero la perspectiva más previsible, en principio, es la de una legislatura volcada en el seguimiento del Tribunal Constitucional trabajando a destajo en un laberinto de recursos y contrarrecursos en torno a los intentos de desconexión catalana, sea cual sea el gobierno que finalmente consiga la mayoría suficiente para sumar apoyos entre los nuevos equilibrios parlamentarios (urgidos por el mismo pánico de algunos a la repetición de elecciones). Con la cuestión catalana condenada a convertirse en la prioridad de ese nuevo gobierno central, se corre el peligro de que pasen a un segundo plano las grandes cuestiones económicas y sociales provocadas por la crisis y por las medidas adoptadas supuestamente para salir de la crisis. La fortuna, en este caso, no sonreiría precisamente a los audaces.

 

@JAGacinho

España

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