Presuntos culpables

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

Su cara, desencajada por el esfuerzo, apenas sí se podía ver por la densa niebla; no alcanzo a recordar si levantó los brazos al cruzar la línea de meta o prefirió no hacerlo para no desafiar los límites de la física, lo cierto es que aquella tarde del 18 -9 -2010, Ezequiel Mosquera escribió una de las páginas más hermosas del ciclismo moderno en la cima de la Bola del Mundo. Su brutal ataque a cuatro kilómetros de meta había desparramado por la pared vertical a los Purito, Sastre, Schleck y resto de competidores de la Vuelta Ciclista a España que volvieron a retar, en la explosiva subida, los techos de la resistencia humana; solo el líder Nibali, que defendía con el gallego 43 segundos en la general, pudo engancharse a duras penas a su rueda para lograr un segundo puesto que suponía la victoria final en la carrera; pero aquella gesta de Mosquera, en el infierno de la gran montaña, fue elevado a capítulo de triunfo épico, de los que engrandecen al deporte y a los deportistas.

Los días siguientes al triunfo fueron para el ciclista coruñés de auténtica locura, entrevistas, homenajes, portadas de prensa y el contrato de su vida con el equipo Vacansoleil que le aseguraba el futuro. Todo era como un sueño maravilloso, vivir en una nube y el justo premio a tantos años de lucha y esfuerzo. Hasta que una mañana sonó el teléfono y alguien le comunicó que habían encontrado restos plásticos en su orina, le comentaron que no se preocupara porque no había dopaje, ni rastro de EPO ni ninguna otra sustancia prohibida; y sin muerto no hay delito y sin positivo no puede haber sanción. Pero Mosquera pasó a ser un presunto sospechoso por mor de un presunto enmascarador que hubiera podido esconder un supuesto dopaje.

Eran tiempos convulsos para el ciclismo, la sombra del doping perseguía este deporte y todos querían convertirse en paladines de la causa. A base de muchas sospechas y  ninguna certeza, Ezequiel Mosquera fue sancionado con dos años y 276000 euros de multa al no poder demostrar su inocencia. En apenas unas horas pasó del cielo al infierno, de la gloria a la miseria, de gran héroe a gran denostado; le cerraron todas las puertas, los que perdieron los pantalones por hacerse una foto con él en el podio, dejaron de cogerle el teléfono, le anularon el triunfo de su vida, mientras él  insistía en que todo era un error, que era inocente y no había justicia.  

Mosquera, aturdido, indignado y muy solo, decidió dejar el deporte y colgar la bicicleta, pero nunca cejó en su lucha por demostrar su inocencia. 

Ahora, cuatro años después, la Audiencia Nacional ha anulado la sanción de dos años impuesta a Ezequiel Mosquera por positivo en la Vuelta Ciclista a España del año 2010, le restituye su apoteósico triunfo entre la niebla, le reconoce su gloria, su éxito y su esfuerzo, mientras anula todos los presuntos y le libera en base a las certezas. Pero para  Mosquera ya es demasiado tarde, ya nadie le puede salvar de su condena, nadie le puede sacar del infierno, ni devolver el gran contrato, ni recuperar la bicicleta. 

Siempre he sido un gran defensor del deportista en general y del ciclista en particular; siempre he tenido la seguridad de estar ante un gremio en el que todos son presuntos culpables, obligados en cualquier momento a demostrar su inocencia. Para ellos no hay razones ni excusas, no existen horarios ni fiestas. Pero también me considero una persona que odia el dopaje, que rechaza la trampa y el engaño para mejorar el rendimiento y obtener ventajas. Todo aquel de quien se tengan pruebas reales de haberse dopado debe ser sancionado e incluso apartado del deporte para preservar su limpieza. 

Pero es muy importante que la ley esté siempre por encima de suspicacias y hasta de evidencias; es necesario que el principio de universalidad impere, incluso en normas de rango inferior como pueden ser las deportivas, porque, como decía Montesquieu, "una cosa no es justa por el hecho de ser ley, pero debe ser ley porque es justa ".

Que al cabo de cuatro años te den la razón, cuando ya lo has perdido todo prisionero de la impotencia, cuando por quedar no te queda ni ilusión, después de luchar contra una pared, mucho más dura y exigente que aquella que te dio y luego te robó la gloria, no puede nunca reconfortar a nadie; es más, seguro que hace mucho más profunda la herida; recordando un principio básico para la democracia y la convivencia de las personas, que dice que más vale cien culpables en la calle que un solo inocente preso. 

 

 En Twitter: @Agcastellote

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