Sin demasiadas ilusiones con los cambios
Era de los que metían prisas (junto con la cúpula de la Unión Europea) para que se formase cuanto antes un gobierno responsable, presidido por él, claro, y compartido o apoyado por los partidos que coinciden en la defensa de la unidad de España y de los compromisos con la UE, pero Mariano Rajoy se ha apuntado a la táctica conservadora de perder tiempo para aguantar el resultado. De todas maneras, parece que ya se ha aprendido el artículo 99 de la Constitución, en el que se explica el procedimiento para elegir presidente del gobierno, y en el que no se alude para nada a la lista más votada, sino al candidato que consiga mayoría absoluta en una primera votación de investidura en el Congreso de los Diputados o mayoría simple en una segunda votación.
Quizá le falta aprender que, para conseguir esas mayorías, si no la tiene uno por su propio grupo, hay que negociar con otros grupos parlamentarios y ofrecer algo más que advertencias contra los radicalismos y vagas promesas de reformas. Y que quejarse públicamente de que su interlocutor más importante no quiere escucharle es una manera de reconocer su propia incapacidad para hacerse oír (y no digamos ya para entenderse y llegar a acuerdos).
Tampoco estaría de más que aprendiese que su habitual práctica de resistencia pasiva –no hacer nada, esperando que las cosas se arreglen solas– no siempre da resultado. Claro que, en este caso, puede que el resultado que esté buscando sea el de repetir las elecciones y simplemente prefiera que sea el candidato socialista el que se queme primero perdiendo la investidura, circunstancia que además le permitiría presentarlo como un irresponsable que ni deja gobernar al candidato del partido más votado ni es capaz de aglutinar apoyos para gobernar. Eso o esperar que la lucha interna en el PSOE le haga el trabajo de convencer a Sánchez (o sustituirlo por alguien que considere a Rajoy un político decente).
Frente a la pasividad de la derecha, la nueva izquierda de Podemos practica la sobreactuación en jugadas de farol que meten más presión al líder socialista, ya sometido a presiones contradictorias, en plan ducha escocesa, por sus barones territoriales que le exigen al mismo tiempo no pactar con el PP ni pactar contra el PP. Más posibilidades para la repetición de elecciones, unos pensando en protagonizar el sorpasso (“adelantamiento”) al PSOE con el que había soñado Anguita hace veinte años, otros esperando el definitivo fracaso de un líder considerado sin pedigrí por un aparato que prefiere morir a arriesgarse.
Como telón de fondo, las altas instancias de la Unión Europea, que quieren que se forme pronto un gobierno en España que despeje las incertidumbres que dicen que inquietan a los mercados y que empiece a hacer frente a los recortes obligados en unos presupuestos que ya han sido calificados de excesivamente optimistas por la Comisión Europea, advirtiendo que tendrían que ser revisados por el gobierno que saliese de las elecciones. Y tal como están las perspectivas internacionales, no parece que se vayan a modificar sustancialmente las líneas de reducción progresiva del gasto social. Ni la socialdemocracia (que gobierna en países como Alemania, Francia e Italia) ni la izquierda radical que gobierna en Grecia han conseguido modificar esa tendencia. Tampoco parece tener muchas posibilidades de hacerlo el gobierno socialista portugués con apoyos parlamentarios de comunistas y nueva izquierda. Por sumar que no quede (si es que realmente todos estos sumandos son homogéneos), pero, en principio, un gobierno de izquierdas en España también tendría limitadas sus posibilidades de hacer auténticas políticas de izquierda (aparte de no poder hacer como quisiera otras reformas más “domésticas”, como la de la Constitución, que previsiblemente serían boicoteadas por la derecha).
Convendría tener en cuenta ese contexto, para no hacerse demasiadas ilusiones con los cambios y, en el caso de que realmente se llegase a esa alternativa progresista que preconiza Sánchez, deberían explicar muy bien a los ciudadanos cuáles son los límites. Más que nada para no seguir alimentando nuevas decepciones.







