A todos los que luchan por la libertad de expresión

EL PLUMILLA ERRANTE
José Manuel García-Otero

En Arabia Saudí, considerado un país amigo de las potencias occidentales, han empezado a aplicarle al bloguero Rai Badawi el castigo de mil latigazos, a razón de cincuenta cada viernes, castigo que se suma a una condena de diez años de cárcel. Por el delito de “faltar al respeto al Islam”. El régimen absolutista saudí considera que defender la libertad de expresión y abrir un portal de Internet en el que se pueda debatir sobre religión –que es lo que hizo Badawi– es faltarle al respeto al Islam.

Como en una siniestra competición por ver cuál es más represor, el régimen teocrático iraní ha condenado a muerte al bloguero Soheil Arabi, acusado de insultar a Mahoma en determinados comentarios en Facebook. En realidad, la competición entre los chiíes de Irán y los suníes de Arabia Saudí se centra sobre todo en el  control de la región del Golfo, que sigue siendo fundamental en el panorama energético, aunque haya bajado el precio del petróleo. Lo de la religión y el profeta es para mantener bajo control a sus respectivas ciudadanías, para que no se alteren en primavera.

De tales palos represores nacen las astillas terroristas que matan y torturan a sus teóricos correligionarios en las zonas que controlan (por ejemplo, el llamado Estado Islámico en  Siria e Irak) y que amenazan a Occidente con aislados y espectaculares atentados, el último de los cuales –la masacre en el semanario satírico francés Charlie Hebdo– está perfectamente en sintonía con esas operaciones de sus potencias matrices contra la libertad de expresión. Ni unos ni otros deben de tener en mucha consideración a su dios y a su profeta, si necesitan obligar a sus pueblos a acatar sus dogmas y asesinar a mansalva a los “infieles” para demostrar su grandeza.

No es fácil resumir y simplificar los múltiples y complejos factores que han contribuido a configurar este panorama de degradación y crispación en el que un puñado de oligarcas y un ejército de fanáticos están tratando de convertir el universo religioso y cultural del Islam, que es mucho más rico y diverso que ese brochazo de barbarie fundamentalista que ensangrienta la actualidad internacional. Pero quizá convenga recordar que, en su relación con ese universo, sobre todo a partir de la disolución del Imperio Otomano, las intervenciones occidentales casi siempre se han producido para apoyar a los sectores más retrógrados y absolutistas. Y que en los países europeos no se ha hecho todo lo que hubiese sido necesario para favorecer la integración de los inmigrantes musulmanes y de sus hijos, nacidos ya en Europa (como esos terroristas que acaban de actuar en París).

La gran mayoría de los musulmanes que viven y trabajan en los países europeos son ciudadanos pacíficos, que viven su fe con la misma rutina tradicional y ritual que la gran mayoría de los cristianos. Los grandes índices de paro entre la población juvenil afectan a todas las confesiones, pero con mayor incidencia entre los jóvenes de familias inmigrantes. Entre los más desarraigados, el reclutamiento yihadista puede llegar a ser una opción atractiva.

Pero, a pesar de que unos cuantos miles de europeos se hayan apuntado a la aventura de conquistar Siria e Irak –con excursiones de terror esporádicas en Occidente para mantener la tensión–, resulta desproporcionado ese síndrome de caída del Imperio Romano que empiezan a cultivar algunos grupos de la extrema derecha que nos pintan una Europa decadente en la que van tomando posiciones de poder los musulmanes infiltrados. Justamente eso es lo que pretenden los yihadistas: que la islamofobia obligue a los musulmanes pacíficos e integrados a acogerse a la “protección” del terror.   

La decadencia de Europa responde a otras regresiones de propia cosecha, las que se producen por el desmantelamiento de políticas sociales y las restricciones de la democracia. El terror yihadista también afecta a Europa, pero a quienes castiga con mayor dureza, de forma directa o indirecta, es a los propios musulmanes.

Rabia y dolor por Charb, Cabu, Tignous, Wolinski y los otros ocho compañeros, incluido el policía musulmán Ahmed Merabet. Pero rabia y dolor también por los blogueros Badawi y Arabi, que luchan por la libertad de expresión y por su vida en el mismo corazón de las tinieblas totalitarias.

 

 @jagacinho

España

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