Pobre España con esta gente
Vi el debate televisivo entre Arias Cañete (PP) y Elena Valenciano (PSOE). Al final salí con una serie de sensaciones que atravesaban mi espacio como balas trazadoras, balas llenas de vergüenza y veneno.
Pienso que Cañete, representante de la derecha, vive dentro de un cortijo y no conoce la calle. Estoy convencido de que ese señor solo habla para los suyos (su familia, sus amigos, la oligarquía española, la financiera y la terrateniente) y para nadie más. Pero es que, además, habla muy mal para los suyos. Leyó pésimo, dijo peor, babeó y estuve conteniendo la respiración porque, por momentos, me dio la impresión de que a punto estuvo de dejar escapar un eructo. Le temblaban las manos, como si el solomillo que quería cortar estuviera duro...
Me imagino a Rajoy maldiciendo a Pedro Arriola, el gran gurú de la imagen del PP, por el pésimo adoctrinamiento que hizo del pupilo Cañete, que no sabía si había cámaras de televisión o fogones, si Valenciano era mujer o la estampa viva de Dante con un pelucón rubio metido en un barril fermentado de Mahou.
La una decía, el otro leía. El uno agitaba datos del pasado, como si todos los pecados del orbe los hubiera cometido un tipo al que llamó Zapatero y ellos, su amigo Rajoy y unos cuantos como él, chorreaban de sudor para taponar los agujeros de la sangría. Ellos, sus amigos y él, tuvieron la sensacional idea de acudir a Merkel y demás señores feudales del dinero para que les ayudaran a tapar los agujeros. Y para ello, España y su gente recibimos “un maravilloso rescate”, que está costando sangre, sudores y lágrimas, toneladas de sufrimiento, pero eso, a su decir, son minucias de desagradecidos.
Valenciano siguió disparando quejas y exponiendo evidencias, Cañete argumentó tenedor en ristre. Al final nadie habló de corrupción, nadie habló de inmigración y casi no hablamos de Europa. ¿Para qué hablar de Europa con la que está cayendo en casa?
Metido en su papel de tonto que acaba de perdonar la vida a una mosca, Cañete se retiró a sus aposentos. Al día siguiente, sus amigos seguían en sus rincones sin atreverse a sacar la cabeza. Un ayudante no le palmeó esta vez la espalda. El ex ministro de Agricultura se percató. Y metió el brazo hasta el codo en la fuente de tomate frito: “Si haces un abuso de superioridad intelectual, parece que eres un machista y estás acorralando a una mujer indefensa”. Pobre España con esta gente.







