Pulso en Ucrania, a la sombra de un centenario bélico
Como si se tratase de conmemorar a lo bestia el primer centenario de la Primera Guerra Mundial. O como si hubiesen vuelto los tics de la guerra fría en que los dos grandes amagaban con saltarse las zonas de influencia del contrario pero sin llegar al enfrentamiento directo. De pronto –bueno, en realidad como colofón de un conflicto que se viene prolongando desde el pasado otoño–, Ucrania se convierte en escenario de un pulso entre potencias enfrentadas por el control de zonas geoestratégicas. Si se aplicaran los criterios de hace un siglo, cuando la guerra se consideraba una prolongación natural de la actividad diplomática, podría estar a punto de estallar la tercera guerra mundial. Si funciona todavía la inercia de los años de la guerra fría, la cosa podría quedar en un contundente toque de atención ruso para que nadie se atreva a meter las narices en lo que todavía considera sus dominios.
La verdad es que, frente a los 15.000 millones de dólares en ayudas y la rebaja de un 33 por ciento en el precio del gas que le ofreció Putin al entonces presidente ucranio Yanukóvich, la oferta de un simple tratado comercial de vecindad por parte de la Unión Europea resultaba casi ridícula. Y no tendrían por qué haber sido incompatibles los dos ofrecimientos, si no fuera porque el gobierno ruso condicionaba su generosidad a que Ucrania rechazase el acuerdo con la UE. En su tarea de reconstrucción del viejo imperio zarista –que los soviéticos mantuvieron a su manera–, Putin se ha mostrado especialmente sensible contra los intentos de la OTAN o de la UE por asociarse con los países que formaron parte de ese imperio y a los que quiere seguir manteniendo bajo dominio económico.
Lo sorprendente es que el rechazo de un simple tratado comercial desencadenara en Kiev una ola de movilizaciones contra el gobierno en condiciones realmente duras, por las bajísimas temperaturas y por la represión policial. Las movilizaciones fueron creciendo en efectivos humanos y en acciones violentas, aunque fuese a cargo de grupos minoritarios de extrema derecha, que asumen el legado de los fascistas ucranios que colaboraron con los nazis en la Segunda Guerra Mundial.
En la protesta contra Yanukóvich –y en el gobierno provisional que ha ocupado el poder después de echarlo– han coincidido las fuerzas prooccidentales (que ya gobernaron entre 2005 y 2010, tras la “revolución naranja”), que normalmente reciben el voto mayoritario en el oeste del país, y esas formaciones nacionalistas de extrema derecha que se mueven más por sentimientos contra los rusos que por simpatías hacia los europeos. Y si normalmente es difícil calibrar el verdadero alcance representativo de este tipo de movimientos, en este caso resulta directamente temerario, porque el este y el sur del país (sobre todo la república autónoma de Crimea, integrada en Ucrania desde 1954) se considera más cercano a Rusia y reciben el apoyo de Putin con satisfacción. Como recibieron en 2008 a las tropas rusas en Abjasia y Osetia del Sur, que se independizaron de Georgia sin que las potencias occidentales pasasen de las lamentaciones y del no reconocimiento de los nuevos estados.
Lo de Ucrania –por extensión y por población– es algo más complicado. Putin ha movido sus tropas convencido de que nadie va a mover las suyas para hacerle frente en el terreno bélico y, en cuanto a las posibles sanciones económicas, ya ha advertido que los daños pueden ser recíprocos (una gran parte de Europa depende del suministro del gas ruso).
Entre repetir la carnicería de hace un siglo y jugar a los amagos de la guerra fría, no está mal que la casi olvidada Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa haya decidido enviar observadores a Ucrania para evaluar la situación sobre el terreno. Lo que nació hace casi cuarenta años para establecer consensos sobre fronteras y control de armamentos (algo que saltó por los aires tras la caída del muro de Berlín) podría servir de cauce para reconducir el diálogo en este país fronterizo (“ucrania”, en eslavo antiguo, significa “frontera”) entre dos mundos que, pese a las diferencias históricas y culturales, comparten un mismo continente.






Comentarios
Muy buen libro, este1
Muy buen libro, este1 explicada muy bien la desnefa francesa y todas sus variantes, muy pero que muy buen libro. Enhorabuena a Viktor Moskalenko.