Unidos o divididos ante el fracaso

EL PLUMILLA ERRANTE
José A. Gaciño

Primero fue Izquierda Unida quien rechazó la posibilidad de una coalición con el núcleo inicial de Podemos para concurrir a las elecciones al Parlamento Europeo, en mayo del año pasado. Ahora es Podemos quien se niega a formar una candidatura unitaria de izquierdas de cara a las próximas elecciones generales en España, por entender que una coalición de ese tipo estaría condenada a perder.

Entre un momento y otro, hemos asistido al desarrollo del fenómeno Podemos. Con apenas unos meses de existencia, consiguió casi un 8 por ciento de votos y cinco escaños en las elecciones europeas de 2014 (IU, con casi treinta años de historia, rozó el 10 por ciento de votos y logró seis escaños, que era un avance muy notable con respecto a sus raquíticos resultados de 2009, pero que palidecía ante el espectacular arranque de los recién llegados).

Desde entonces, Podemos empezó a arrasar en las encuestas, transmitiendo la sensación de que podría romper el bipartidismo de la casta (como gusta de denominar al conjunto de las dos fuerza políticas que venían dominando la política española), porque, en algunos momentos, llegaba a superar a uno o a los dos grandes partidos, que, hasta ahora, solían repartirse entre el setenta y el ochenta por ciento de la tarta electoral. Grandes expectativas que han desatado grandes euforias. Todavía se mantienen, pese a que algunos resultados electorales (en Andalucía y en comunidades autónomas no “históricas”) no han estado a la altura de esas euforias: ni siquiera en aquellas en las que mejores cifras ha registrado (Aragón, Asturias y Madrid) ha logrado pasar del tercer puesto, el mismo que le vaticinan para toda España las últimas encuestas, en las que ya aparece un poco descolgado de los dos grandes, a pesar de que éstos mantienen su implacable decadencia.

Por su parte, la ofensiva unitaria se ha agudizado a partir de los buenos resultados de candidaturas de unidad en varios municipios importantes (en las que se integró Podemos, tras renunciar a presentar listas propias en las elecciones municipales). Buenos resultados, pero insuficientes. En la mayor parte de los casos, esas candidaturas han conseguido acceder a los gobiernos municipales con efímeros apoyos de investidura. Su fragilidad ha quedado de manifiesto mucho antes de cumplirse los famosos cien días de tregua inicial. En algunos casos, ha bastado que plantearan las bajadas de sueldo para conocer los límites de su triunfo: algunos que permitieron su acceso a las alcaldías (el PSOE, por ejemplo) no han vacilado en aliarse con la derecha para salvar sus niveles de retribución.

Ante las elecciones generales, Podemos no quiere aparecer formando parte de una coalición de izquierdas (excepto en algunas comunidades autónomas, donde el carácter nacionalista le da otro matiz al aliado de izquierda correspondiente). Ha moderado su discurso, aplazando discretamente sus reivindicaciones más radicales, para presentarse como una alternativa de “la gente” frente al poder establecido. Pero tendrá muy difícil liberarse de los “pecados” de juventud,  las simpatías bolivarianas, que les recuerdan constantemente desde los grandes medios convencionales de comunicación. Y en cualquier caso, se disputará una parte de su electorado con posibles coaliciones de izquierda que se formen sin su concurso.

Complicado dilema, que no es nuevo en el seno de la izquierda. La obsesión por la unidad de las clases trabajadoras, en su lucha hacia la sociedad sin clases, es tan antigua como su inevitable tendencia a la división a la hora de establecer prioridades y métodos de lucha. Y en el actual panorama de la Unión Europea, las izquierdas, juntas o por separado, parecen efectivamente condenadas al fracaso, incluso cuando ganan. Por lo menos, eso es lo que parecen indicarnos, por ejemplo, el gobierno teóricamente socialdemócrata de Francia y el gobierno que intentó ser de izquierda en Grecia.

 

@jagacinho

España

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