Sin vergüenza

Y Diego llegó a Sevilla...

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Manuel Ladrón de Guevara

Decía en su canción su amigo Andrés Calamaro “Maradona es un ángel y se le ven las alas heridas...”. Y herido llegó a Sevilla. Diego aterrizó en aquella Sevilla del 92 muy pocos días antes de la clausura de la Expo.

...Que es amarga la verdad

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Manuel Ladrón de Guevara

Escribía Heródoto hace veinticinco singlos sobre la educación de la aristocracia persa. Decía el padre de la historia que a sus muchachos los adiestraban en tgrtes artes: montar a caballo, disparar con arco y decir siempre la verdad.

Soñando con leones

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Manuel Ladrón de Guevara

Como el viejo pescador de Hemingway, aquella noche soñó con una playa llena de leones. Despertó con el sabor acre de la aventura en la boca, y tardó unos instantes en recordar donde estaba. El leve balanceo, el aire cargado de sal, el cielo repleto de estrellas...

Es la vida, que sigue

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Manuel Ladrón de Guevara

 Ya huele a azahar en Sevilla. En Boston una bomba mata a tres personas, entre ellas un niño de ocho años. Es la vida, que sigue. Y la muerte también sigue. Abro los ojos, levanto la persiana, un cielo sin tacha ni mácula me dice que es posible y hasta probable que el día que arranca sea un buen día. Pero enseguida me asalta como un perro furioso el recuerdo de la noche anterior.

Un mal sueño

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Manuel Ladrón de Guevara

 Esa sensación de alivio al despertar y comprobar que todo ha sido un sueño. Escapar del infierno imaginado para tornar a la anodina placidez de una vida sin sobresaltos. He soñado que la mataba. A ella, que hace ya tantos años duerme cada noche a mi lado. A ella, sin la que mi vida se llenaría de contrariedades.

El asesino imaginado

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Manuel Ladrón de Guevara

“Las manchas de la  honra, señor, solo se lavan con sangre”. Fue su única declaración, a pesar de lo cual el caso estaba claro: una mujer rubia de mediana edad muerta sobre un gran charco de sangre, y él, su asesino, sentado junto a ella esperándonos con el arma homicida en la mano. El dictamen fue tan claro como inmediato: era un caso claro de crimen pasional.

Que no se enfade papá

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Manuel Ladrón de Guevara

Antes de que vuelva papá nos esconderemos bien, para que no nos vea.

Llegan los bárbaros

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Manuel Ladrón de Guevara

Las hogueras de los bárbaros iluminaban las colinas. Podían oírse con claridad sus gritos: de  guerra, de amor, de desafío o miedo. Sus dioses terribles exigían sacrificios, su sed de sangre no se saciaba nunca. Lo que empezó siendo un rumor lejano e improbable se desplegaba ahora ante nuestros ojos, una horda atroz y singular amenazaba nuestro mundo.

Hace falta decencia

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Manuel Ladrón de Guevara

¿No tiene sentido de la decencia, señor, al fin? ¿No le queda sentido de la decencia?” Esta frase, pronunciada ante millones de norteamericanos que seguían la sesión de la comisión del Senado norteamericano por televisión, apuntilló inexorablemente al conspicuo cazador de comunistas Joseph McCarthy. Años llevaba el senador de Wisconsin siendo martillo de todos los rojos de Norteamérica, reales o imaginados.

Armstrong, la caída

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Manuel Ladrón de Guevara

Decía Flaubert que “no hay que tocar los ídolos, porque el dorado se nos puede quedar entre los dedos”. Escribió esto el autor de Madame Bovary en su Normandía natal, en cuyas carreteras ganó gran parte de su crédito –y de la pasta- Lance Armstrong.

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