Que aquel era un entierro de categoría, se notaba por la cantidad y la calidad del público que llenaba la iglesia; el hecho era manifiestamente notable, en estos tiempos que corren de descreimiento, indiferencia cuando no directamente impiedad, y templos despoblados; era tanta la gente que ocupaba los bancos y se arracimaba en las naves, que los turistas –siempre tan numerosos como molestos pero necesarios -, sorprendidos, se paraban en la puert