C´est le Tour

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

Como cada año en el mes de julio, una gran marcha multicolor, una interminable caravana de bicicletas, coches, motos y helicópteros invade las calles de París, rompe la habitual monotonía de la ciudad de la luz, en un maravilloso tránsito final por el Arco del triunfo, la torre Eiffel, la plaza de la Concordia, hasta los Campos Elíseos. Es el final de una nueva edición del Tour de Francia, la carrera ciclista por excelencia, el gran desafío, en toda la extensión de la palabra, la prueba donde los deportistas miden sus límites y donde poco importa tu nombre, sino quién eres y la suerte que tengas. 

Un año más la organización desparrama unos impresionantes números en los que se nos dice que 3.5oo millones de personas siguieron de media la carrera en los 190 países, de los cinco continentes, a los que llegó la señal televisiva; que los 21 días de competición supone un impacto económico sin precedentes, con un volumen de ventas de cientos de millones de euros y donde los anunciantes aguardan cola para integrarse, a precio de oro, en un carrusel de sponsors y patrocinadores que disparan todas las expectativas. 

Pero lejos de esos números, de la vistosidad y el espectáculo que rodea al Tour, de una organización obsesionada por los resultados más que del propio proceso, la “Grande Boucle” en ese mundo paralelo que gira en torno a mutuos intereses, ha vuelto a demostrar su carácter indómito, ese escenario diabólico en el que conviven placer y sufrimiento, éxito y miseria; donde los ciclistas se convierten en prisioneros de los detalles y donde pueden pasar los años, cambiar las generaciones, llegar otros héroes, nuevos ganadores capaces de superar gestas que creíamos inalcanzables, pero el Tour sigue estando por encima de todo. 

Una carrera perfecta, repleta de imperfecciones, donde las tradiciones siempre hablan más alto que las innovaciones; la carrera de los nervios, de las trampas, de las caídas, de las enfermedades y las cuentas pendientes; la cruel aventura del sofocante calor, de sus escarpadas montañas y las carreteras sinuosas, que forman un extraño entramado en el que el destino suele interferir en la vida de los protagonistas, hasta jugar un papel determinante. 

La gloria del ganador Froome, ferozmente maltratado desde los márgenes de la carretera por aquellos que tienen su propia ley y aplican su particular y obtusa justicia, no necesita pruebas; el tardío despertar de Nairo, la corajuda irregularidad de Nibali, la inoportuna caída de Contador, que convirtió el pretendido ataque al líder en una encendida defensa de lo imposible, la enfermedad de Van Garderen; estas y otras cien historias distintas de otros tantos corredores, escritas a sangre y fuego, muchas de ellas sobre la carretera, dejan entrever que nada es sencillo en el Tour de Francia, que no es una carrera amable, en la absoluta convicción que tienen todos de que puedes resistir un día, una semana, algunos años, pero que, antes o después, acabarás perdiendo; porque no es que tú, por alguna razón, debas abandonar el Tour, es que el Tour, alguna vez, decide abandonarte. 

Quizá es eso lo que más atrae de la carrera, el saber que es un continuo baile sobre el alambre, una macabra lotería, dispuesta sobre continuas líneas rojas; pero eso es también lo que le hace especial y a la vez tan grande; donde la leyenda supera a los ídolos, donde sobrevivir a cada etapa es el único reto posible; pendientes de la próxima curva, de la siguiente rotonda o de una montonera canalla; la prueba donde el instinto, siempre el instinto, debe ir por delante de todas las cosas. 

C'est Le Tour, la única competición en el mundo donde nadie, nadie, está por encima de la carrera. 

@agcastellote 

España

(C) El Diario Fénix 2011        Contacto:  [email protected]