David Bowie – “Blackstar”
Me confieso un fan irregular de David Bowie. Con esto quiero decir que su música ha significado mucho en mi vida, pero que no me enganchan por igual las distintas etapas de su carrera. Me topé con el Duque Blanco mientras salía de la adolescencia, en concreto con su obra primera del inicio de los 70, y me enamoré para siempre, por este orden, de Ziggy Stardust (1972) y de Hunky Dory (1971), discos de referencia globales para mí, y a cierta distancia de Aladdin Sane (1973).
No obstante, no he sentido igual atracción por sus discos de etapas posteriores: la celebrada trilogía de Berlín (Low, Heroes y Lodger) me deja frío y no son más que discos puntuales, como Let´s Dance (1983) o Heathen (2002), los que reclaman con éxito mi atención. Por contra, sí que existen canciones sueltas de todas las épocas que puedo decir que son parte de mí, como Rebel, Rebel, Heroes, Ashes to Ashes o Modern Love, que convertí en banda sonora de mis salidas nocturnas en los 80.
Todo esto viene a cuenta porque al ir a comentar el disco reciente que ha lanzado nuestro hombre, Blackstar, me ha entrado una duda que he convertido en pregunta retórica: ¿qué espero de Bowie a estas alturas de 2016 tras casi 50 años de carrera?
Lo anterior es el texto que había comenzado a escribir sobre la ya última obra de David Bowie el domingo víspera de su muerte. Ahora, al abordar Blackstar desde la perspectiva del epitafio, mi visión del disco cambia. Por una parte, porque a diferencia de nosotros, él sabía que este era su último saludo en el escenario, y con todo, ha seguido fiel a su filosofía artística: innovar y reinventarse continuamente, incluso al final del todo cuando parece que ya nada tiene sentido. Pero además, porque se trata de una serie de canciones que, después de provocar una cierta desilusión inicial, ganan progresivamente con cada nueva escucha, revelando poco a poco la riqueza que esconde su complejidad y aparente falta de melodía.
Porque Blackstar no es un disco de fácil escucha y a pesar de que hay críticos que convierten en sucesión lógica de su predecesor de 2013 The Next Day (su primer lanzamiento tras diez años de silencio), carece del latido y la garra de las canciones de éste, no porque sea peor, sino porque sencillamente es otra cosa. También se ha argumentado que no es del todo material original pues dos de sus temas, Sue (Or in a Season of Crime) y ´Tis a Pity She Was a Whore ya habían aparecido en un lanzamiento previo de 2014. Aunque así sea, encajan perfectamente en el conjunto.
Nos encontramos con David Bowie haciendo lo que mejor sabe hacer: reencarnarse estéticamente en nuevos avatares, personajes distintos que afrontan la creación musical de una forma completamente diferente de las versiones de Bowie que vinieron antes. Y sería una obra maestra para cualquiera, pero no desmerece en calidad tampoco dentro de la discografía del Duque. Y si es, como dicen algunos, una despedida, lo es desde la trinchera, con las botas puestas y disparando en primera línea. Ya se alzan voces de críticos que lo comparan con lo más granado de su carrera, como los aplaudidos Low o Heroes de 1977.
La verdad es Blackstar nos lleva desde oscuridad fantasmagórica de la suite homónima en dos movimientos que abre el disco (diez minutos de canción) por senderos inquietantes a través de los cuales, según avanzan los temas, vamos apreciando más luz, y por qué no decirlo, apreciando mejor la obra en su conjunto. Dentro de este primer bloque destaca el magnífico single Lazarus, que ha sido ilustrado por uno de esos videoclips magistrales que marcan un hito en la historia del pop a los que nos ha acostumbrado Bowie a lo largo de su trayectoria profesional(Ashes to Ashes, Blue Jeans, Loving the Alien…).
Tras el agobiante y obsesivo ritmo de Girl Loves Me, llega el cambio de tercio y el gran hombre nos concede los dos temas algo más melódicos y bellos que cierran el disco, Dollar Days y I Can´t Give Everything Away, que nos remiten a un David Bowie más clásico, si es que alguna vez ha existido algo semejante. Son quizá las canciones más emparentadas con el estilo que desplegó en The Next Day (2013).
David Bowie ha muerto como buen camaleón cambiando de color o como mariposa en plena mutación dentro de la crisálida. Solamente me gustaría añadir a modo de epitafio unos versos de su canción Space Oddity:
“Planet Earth is blue
And there`s nothing I can do”.
Buenas noches y buen viaje, Major Tom.








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