Se llama Lucas, sin más, no tiene apellidos. Dice que un día los perdió en el camino, tal vez en algún bar de carretera, puede que a la orilla de una playa, mientras los demonios del alcohol saqueaban su alma. Pero eso ya no le importa a Lucas, pues todavía un hilo de voz sigue conectado al corazón y la vieja guitarra le aguanta.