El butacón del Garci

Morirás mañana

El butacón del Garci
José Manuel García-Otero

Estás mirándote al espejo y ves las arrugas del miedo marcadas en el rostro. Vas a morir. Te matarán en unas horas. Serás ejecutado. Eres inocente pero el tribunal no te creyó y un juez dictó sentencia. Mañana a esta hora no verás más a ese hombre del otro lado del espejo, de  patético aspecto y ojos que ya no derraman lágrimas.

La Luna se fue

El butacón del Garci
José Manuel García-Otero

Aquella noche nadie durmió. Mi familia y yo fuimos parte de esos diez millones y pico de españolitos con ojos como platos para ver aquel histórico momento del hombre en la Luna. No sé si la Luna lucía cuarto y creciente o menguante; pero allí estaba, distante y  fría como el cuchillo de un matarife.

El hombre de piedra

El butacón del Garci
José Manuel García-Otero

Una puesta de sol, un rosario de frases hermosas, el rumor del agua que brota de una fuente en medio de la noche, el abrazo de un hijo, todos los rostros del mar en cualquier día, la mano áspera de un viejo que aprieta tu mano y te dice tantas cosas sin decirte nada… Detalles que tú, hombre atribulado, ni ves, ni sientes, ni compartes. Apenas sabes que existen pero están ahí, mirándote, cargados de caricias.

Al que lucha en el supermercado

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José Manuel García-Otero

Tú asaltas un supermercado y te llevas varios carros cargados con alimentos, y le das toda esa comida a gente que no tiene, y esa gente que no tiene, y que ayer pasó hambre pero hoy no, hoy ha comido gracias a ti, asaltante de un supermercado, hoy sonríe, y puede que sonría mañana y unos cuantos días más, porque va a poder comer un tiempo hasta que la despensa bostece y los cocodrilos del hambre vuelvan a anidar en el estómago de la gente que no tiene.

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  • El corazón, ese músculo tonto que es tu amigo

    El butacón del Garci
    José Manuel García-Otero

    Las calles hierven y todos miran a un sol convertido en francotirador del verano, un dios que nos devuelve balas de fuego.  A mediodía todos corremos a cobijarnos de sus rayos y de sus balas. Cuando no hay sol parece que paseamos borrachos de soledad, buscando una bolsa gigante para meter allí nuestras frustraciones. A veces, el corazón humano no sabe no contesta, no quiere saber ni desea contestar.

    El hombre más sabio del mundo

    El butacón del Garci
    José Manuel García-Otero

    Manuel, cincuenta cinco años,  pastor por las cumbres de Aroche y Aracena, vio una vez a un lobo que remoloneaba su hambre por las encinas, alcornoques, quejigos y rebollos. Manuel reaccionó tirando el zurrón a medio metro del peludo hocico. Tras un momento infinito de desconfianza, el cánido olió el tesoro: media libra de queso ovejero, una hogaza de pan y un trozo de chorizo añejo.

    El corazón limpio del amigo

    El butacón del Garci
    José Manuel García-Otero

    El ciudadano camina por las calles con paso vacilante, porque nunca sabe qué saldrá detrás de una esquina, quién le disparará primero. El sol del mediodía achicharra pero mucho más daño hace una promesa que se arroja al viento, porque el viento la devuelve cargada de acero y agua.

    Cuando uno mira en el espejo y ve a España

    El butacón del Garci
    José Manuel García-Otero

    Cuando uno se mira en el espejo la mayoría de las veces el espejo responde de forma grosera: con arrugas, manojos blancos de canas y enormes cercos en las entradas. Y uno se enfada a medias, porque  el tiempo te ha dejado el rostro como un monte arrasado por el fuego.

    En un país donde nunca pasa nada, puede que algo pase

    El butacón del Garci
    José Manuel García-Otero

    Cuando cada viernes doloroso el ministro de turno, con la cara que a buen seguro pondría Poncio Pilatos hace una veintena de siglos, anuncia una retahíla de medidas que desangran la vida de las familias de este país, seguro que ese ministro no dibuja el rostro del destinatario de sus disparos, sino que habla como el que se dirige a una masa parecida a la que se congrega en un campo de fútbol.

    No queremos ir donde ellos digan

    El butacón del Garci
    José Manuel García-Otero

    Madrid está poblada de coches y mineros. Madrid también está poblada de indignación. La incertidumbre de esta situación llena de espinas ha dado paso a una certeza que hiere tanto como meter la mano en un cuenco de cristales rotos: miedo.

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