Los últimos libros

Insistencias en Luzbel

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Antonio Castillo

Theodor Adorno, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, dijo que escribir poesía después de Auschwitz era un acto bárbaro. En realidad la frase no se ceñía a un género literario, sino al arte en general, que no pudo evitar el advenimiento del infierno, que llegó tarde y por ello estará siempre manchado por la culpa. ¿Cuál es su sentido, entonces?

Los sertones

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Antonio Castillo

Euclides da Cunha regresó de un viaje de catorce meses por el Amazonas y se encontró a su mujer embarazada. Reconoció al niño, y también al que nació un año después. Solo estalló cuando ella lo abandonó para irse con su amante, el padre de las dos criaturas, en cuya casa se presentó pistola en mano. Disparó al aire y luego apuntó a su mujer, pero el amante, más diestro que él en el manejo de las armas, se adelantó con un certero balazo en el pecho.

Las gomas

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Antonio Castillo

En Las gomas nada es lo que parece. O sí. El lector puede creer que han fracasado quienes atentaron contra la vida de Daniel Dupont, pero entonces se preguntará, con toda razón, por qué los periódicos informan de su asesinato. El crimen, real o inventado, lo investiga en el pequeño pueblo donde han ocurrido los hechos el detective Wallas, que se ve inmerso en una maraña de interpretaciones y sospechas.

La piedad peligrosa

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Antonio Castillo

Quizá lo más sobrecogedor sea saber que los dos seres de la foto están muertos. Extraña verlos vestidos en la cama, a él con corbata y una mano sobre el pecho y a ella estrechándolo en un abrazo delicado, como si la instantánea violara el sueño íntimo y dulce de una pareja madura. Pero están muertos.

Vals

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Antonio Castillo

A Zeni, el protagonista de la novela más conocida de Francesc Trabal, le persigue un vals vienés que asocia a la mujer que ama. Vuela de flor en flor para olvidarla, convertido él también en un baile perpetuo, pero concluye que está condenada a fracasar cualquier tentativa que vaya contra los sentidos.

Mi Ántonia

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Antonio Castillo

Intuye la polvareda que levantó la rebelde e independiente Willa Cather cuando se presentó en la universidad vestida de hombre y bajo el nombre de William. Tenía solo nueve años cuando su padre trasladó a toda la familia desde Virginia hasta Nebraska, donde frecuentó a inmigrantes checos y escandinavos que también buscaban un futuro mejor.

Mi Ántonia

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Antonio Castillo

Intuye la polvareda que levantó la rebelde e independiente Willa Cather cuando se presentó en la universidad vestida de hombre y bajo el nombre de William. Tenía solo nueve años cuando su padre trasladó a toda la familia desde Virginia hasta Nebraska, donde frecuentó a inmigrantes checos y escandinavos que también buscaban un futuro mejor.

Nadja

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Antonio Castillo

Alguien, en alguna parte del globo, decide en el último momento acudir a una fiesta en la que va a hallar a la pareja que le acompañará toda la vida. En otro lugar, a muchos kilómetros de distancia, una joven ha guardado en su bolso, mecánicamente, el folleto publicitario de una academia sin intuir que en él está su futuro laboral.

Los Malavoglia

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Antonio Castillo

Aquel marinero marcó los despertares de un verano ya muy lejano. A veces era en presencia, cuando saludaba el nuevo día sentado en la arena todavía tibia de la playa y él varaba la modesta barca en la orilla, sin que el rostro quemado dejara entrever cómo había ido la pesca. Otras era su voz ronca, que parecía emerger de lo más profundo del pecho para quebrar abruptamente el sueño de los turistas con el anuncio de la mercancía arrebatada al mar.

La media distancia

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Antonio Castillo

Recuerda ahora con un punto de tristeza sus caminatas por Argüelles. Regresaba de la universidad aterido, con las solapas del abrigo levantadas y el cuello encogido, y se adentraba en el barrio vibrante que parecía reservar su calor a los iniciados, no a él, que acababa de llegar a Madrid y creía morirse de soledad en una pensión siniestra.

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