Los últimos días siempre nos traen cuarterones de vinagre y dolor y uno, como cualquier humano, quiere mirar adelante; buscar un gramo de aire, un trozo afilado de esperanza, una sonrisa que, como brisa fresca, te acaricie el rostro en una noche tórrida. Y te agarras con la desesperación del niño hambriento a la teta de la madre, con ansias de sol que sólo tienen los mineros.