Una anciana de 85 años, pobre como millones de personas, no puede salir de la trampa cruel que le tendió el sistema y ha sufrido el desahucio por avalar el préstamo de un hijo. La ley de los hombres, la ley que cobija un gobierno ciego, sordo y paralítico, le quita lo único que tiene, un techo, y la manda al raso de la calle.