“Usted sabe que un poeta y un loco son como la misma vaina…” (3)
El mismo Lisandro Meza
ha contado varias veces esa historia que cuenta Rafael, con alguna que otra variación. La historia sucedió en Los Palmitos, a comienzos de los años 70. Una madrugada en que Lisandro Meza
fue despertado por un hombre ebrio que cantaba los versos de La miseria humana. Se trataba de un decimero conocido como “El Pisciolo”, que vivía en el barrio Chingale, de esa población.
El Pisciolo le dio la letra a Lisandro Mesa y días después le puso la música con su acordeón. El tema fue grabado en 1975 con el sello Fuentes, pieza que es parte de las grandes obras del folclor costeño.
Rafael dice que La miseria humana es un poema sin igual. Explica que se obsesionó por saber quién era el verdadero autor, y anduvo “loco”, buscando a su real creador: “Vea —dice como si se tratara de un secreto bien guardado— atención compañero… el poeta se llama Gabriel Escorcia Gravini
, nacido en la municipalidad de Soledad, en el vecino departamento del Atlántico. Murió de lepra, a la edad de 28 años, jovencitico (muy joven)”.
Hace una pausa y lleva sus manos a la cabeza. Mete los dedos por entre su menudo cabello canoso, entristece su rostro con un ademan en sus boca y arruga el entrecejo con rigidez. Mira hacia el cielo, que ha ido poniéndose cada vez más oscuro, y continúa con su relato: “Y como yo era seguidor de las lecturas sobre su vida, encontré que sus familiares, creyendo que la lepra era incurable y contagiosa, pensaron en recluirlo en un leprocomio que había en la población de Caño del Oro, cerca de Cartagena, pero es que Gabriel Escorcia era todavía un niño —lo dice con una familiaridad, como si realmente lo hubiera visto— apenas había terminado el bachillerato, además tenía una novia que comenzó a tratarla con asco, y desprecio, era escrupulizado de múltiples formas, pero la familia pensó que en el leprocomio iba a desmejorar, y deciden construirle un cuarto en el fondo del patio donde vivían, y ahí se quedó hasta la hora de su muerte. Eso para él era como una cárcel, pero era mejor así que abandonado en un leprocomio. Ya tarde se supo que la lepra no era contagiosa, hasta La Biblia se equivocó en ese asunto, lo que pasa, compañero, es que la misma ciencia estaba atrasada”.
Rafael se acomoda en su taburete, coloca el dedo índice y anular de su mano derecha en sus labios, y parece organizar su discurso en su cabeza: “Usted sabe que un poeta y un loco son como la misma vaina, y así era Gabriel Escorcia, loco con la escritura. En la noche, visitaba el cementerio, el único sito adonde se le permitía ir. Allá se la pasaba, componiéndole a los muertos, es que él mismo lo dice en sus versos: Me fui a buscar a los muertos/ por tener miedo a los vivos./ La noche estaba muy bella/ y el aire muy sonoro,/ e igual que dalia de oro/semejaba cada estrella;/ y a la brisa si querella/ por ser voluble y ser vana/ en esa mansión arcana,/ corría llena de embelesos/ poniendo sus frescos besos/ en la gran miseria humana.//”
También, asegura Rafael, que Escorcia Gravini le cantaba a las novias que tuvo y lo despreciaron: “El hombre era de buena pinta —dice— y de elegante hablar, y las mujeres lo perseguían, pero las novias que tuvo ya no fueron a visitarlo, por esa enfermedad que comenzó a comerle la cara y los dedos. Así que en su poema les pregunta por su belleza y hermosura: Dime humana calavera:/¿Qué se hizo la carne aquella/ que te dio hermosura bella/ qué se hizo tu cabellera/ cual lirio de primavera?/ tan frágil y tan liviana/ dorada cual la mañana/ de la aurora al nacimiento?/ Qué se hizo tu pensamiento?/ Responde, miseria humana.// O estos otros versos que van directo a su amante: Calavera a quien feliz/ besa la luna de plata,/ di: por qué te encuentras tan chata/ si era larga tu nariz?/ Dónde está la masa gris/ de tu cerebro pensante/ donde tu bello semblante;/ y tus mejillas rosadas,/ que a besos en noches helada/ quiso comerse un amante?, Vea usted compañero, qué belleza”.
Rafael se levanta del taburete, y da unos pasos en semicírculo, vuelve a sentarse y creo que ha concluido la historia, cuando pregunta: “Y sabe usted ¿cómo se salvaron esos poemas? Ahora verá usted, compañero: un día en el Cementerio, Escorcia Gravini escuchó a un borracho que pasaba por allí, lo llamó y le entregó los papeles donde había escrito La miseria humana, y le dijo estas palabras: ‘canten estos versos por todos lados, denlos a conocer’, y así lo hizo, se salvó ese poema para la humanidad, porque fíjese usted, cuando el poeta murió, sus familiares cogieron sus cuadernos, sus pertenencias, sus utensilios de comida, todo lo que él usaba, y con asco, lo echaron a una hoguera, menos La miseria humana que es un obra magnífica en todas sus proporciones”.
Rafael agrega que la historia que acaba de contar no se la sabía nadie en el municipio de Maríalabaja. “Es que estamos en medio de la ignorancia, compañero”. Se levanta, y camina como si fuera hacia la cocina y se devuelve al instante. Lo veo feliz y me pongo a pensar qué habría sido de Rafael si no hubiera aprendido a leer de la mano de su mujer Neyla. Creo que va a volver a sentarse, cuando estira su mano derecha cómo haciendo una invitación y dice: “Venga por aquí, compañero”. Me conduce hasta su habitación, donde hay una pequeña cama y un viejo escaparate lleno de libros. Se sienta en la cama y abre el escaparate que queda a su alcance.
Libros sobre mi mano derecha
Comienza a pasarme libros que voy colocando sobre mi mano derecha, mientras recibo los que me pasa, con la izquierda: “Vea. Diccionario de la lengua castellana; Manual de enfermedades tropicales, Joyas de la literatura colombiana, Secretos de la antigua Grecia, Secretos del antiguo Egipto. Esto es una belleza, Aura a las violetas, de uno de los pensadores más grande de Colombia, José María Vargas Vila, una mente lúcida, brillante crítico, amante de la libertad y de la justicia, se enfrentó al mismo presidente Núñez, que vivía en Cartagena. Un escritor como pocos. Aquí tengo también este libro de unos poemas profundos, compañero, vea, León de Greiff, que era de raca mandaca (valioso, prestigioso), un pensador liberal como pocos en aquella época, un viejo sabio”.
Rafael sigue sacando y comentando los libros que tiene en el escaparate, y me vuelve la reflexión sobre cómo habrían sido estos años de Rafael si su esposa Neyla hubiera desistido en su empeño de enseñarle a leer y a amar la lectura. El parece leer mis pensamientos, me mira como esperando algún comentario, y aprovecho para colocar la pila de libros que me ha ido pasando en un colchón blando de su cama, cuando escucho su anuncio, como si se tratara de una sentencia: “La lectura, compañero, es una cosa grande, porque el lenguaje es importante, porque es la palabra la que al final convence a los jueces, y son las palabras, estas bellas que leemos, las que dan la tranquilidad que uno necesita, compañero”.










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