Alemania sepulta a Brasil con siete goles históricos
La Mannschaft es la responsable del ‘Mineirazo’. Siete goles históricos –cinco en apenas media hora- castigaron a Brasil en la que es la derrota más humillante de su historia. La exhibición alemana, sustentada en tres jugadores: Müller, Khedira y Kroos. Todo bajo el amparo de una idea, la de Löw, que afronta una nueva oportunidad de ser coronada.
Los de Scolari llegaban a la semifinal con el escudo herido. A Brasil le faltaban el “orden” y el “progreso”, escenificados en Thiago Silva y Neymar. La fortaleza tenía un agujero; al arte le faltaba la mano creadora. Con esas bajas, a los anfitriones solo les quedaba un recurso para seguir soñando con ser campeones del mundo: la comunión con su gente. Una mística que se logra desde la entonación del himno y que transforma el acto en una invocación al espíritu guerrero que descansa en el fondo de cada futbolista.
Con esa intensidad salió Brasil. Quería ser protagonista. Por momentos, podía incluso decirse que quería un gol rápido. Por ello se hicieron con el balón en los primeros minutos, agarrándolo con las zarpas como un dragón que a dentellazos amenaza al que quisiera arrebatárselo. Pero enfrente tenía a Alemania. Fría y calculadora, la Mannschaft esperó su momento. Y sin hacer ruido ni alzar la voz, hizo el destrozo. Con un manto de eficacia y geometría, convirtió al dragón en gatito.
La novedad en los de Scolari fue Bernard, mientras Dante sustituía a Thiago Silva. Löw salió con los de siempre. Tras esos primeros instantes de valentía local, Alemania fue avanzando en el centro del campo con la superioridad de un espectacular Khedira. El del Real Madrid abrazaba los metros del centro del campo como un padre a sus hijos en el sofá. A su lado, Kroos se encargaba de enlazar la delantera con el centro del campo y era Schweinsteiger el responsable de mantener el equilibrio con una posición más estática. Müller en la derecha y Özil en la izquierda oteaban el horizonte en busca de Klose.
Esa remontada en las posiciones del centro del campo pareció sorprender a Brasil. Quizás subestimó a su rival, porque entró en un estadio de amnesia del que ya nunca saldría. En el 11’, Müller hacía el primero tras un saque de esquina al empujar el envío de Kroos solo en el segundo palo. Tenía que ser él. El fallo defensivo era grotesco. La “Pentacampeona” intentó responder con rabia, con caos; atacaba David Luiz, atacaba Luiz Gustavo. Marcelo intentó provocar un penalti que con un solo gol de desventaja ya anunciaba la desesperación local. Pasado el minuto veinte, Klose empujaba un rechace de Julio César a un disparo suyo para hacer el segundo e historia particular: con 16 goles, superaba a Ronaldo –brasileño, para más inri- como máximo goleador en los Mundiales.
Al gol le había seguido una jugada espectacular dentro del área. Alemania sintió que no tenía que esperar más para enseñar el arma; recuperación en ¾ de campo y velocidad más de ideas que de piernas en ataque. Dos minutos más tarde del gran golpe que supuso el segundo gol, Lahm centraba hacia Kroos en la izquierda para que éste golpeara con la izquierda de primeras y batiera nuevamente a Julio César. Tan hundidos y desconcertados estaban los brasileños que segundos más tarde, una pérdida de Fernandinho ante Khedira terminaba en el doblete de Kroos en 69 segundos. Khedira tampoco dio lugar a que se llegara a la media hora sin un número redondo: él mismo haría el quinto en una nueva jugada que dejó desnuda a la zaga verdeamarelha.
Era histórico. Brasil no sabía donde esconderse. O sí. En balones directos en busca de nadie –si Fred tuvo algo de futbolista en este Mundial, lo perdió en este partido- y de entradas a destiempo. La rabia de Luiz Gustavo. Alemania era un rodillo de ideas claras y Brasil un chiquillo cegado intentando derribar una piñata. La gente ya abandonaba el estadio cuando los jugadores brasileños celebraban la llegada del descanso con mirada al suelo y alma subterránea. El ‘Maracanazo’ y su temida repetición ya quedaban obsoletos por el ‘Mineirazo’: una exhibición alemana de tintes titánicos que nunca, nunca será olvidada.
De cara a la segunda parte, Scolari dio entrada a Ramires y Paulinho en una clara declaración de intenciones. No tenía más en el banquillo, pero lo más importante era evitar el ensanchamiento de la humillación. Alemania comenzó caballerosa y dio ‘chance’ a Brasil, que rozó el gol con un orgullo no rehabilitado pero sí con ánimo de reconstrucción. Las lágrimas en la grada y los pitos pesaban en cada camiseta, en cada bota. Pero a los de Löw les salía todo y no podían dejar de jugar; se divertían incluso dejando al coche andar solo cuesta abajo. Hubo minutos de lucimiento para Neuer, quizás con la intención de que la semifinal no fuera en vano para él, y luego siguió el rodillo.
En el 70’, Schürrle convertía el sexto al remachar dentro del área un servicio desde la derecha. Ocho minutos más tarde, el del Chelsea repetía con una volea impresionante con la izquierda, en una jugada con origen en un saque de banda que señalaba la concentración brasileira. El Mineirao era un funeral y Alemania pudo abusar pero no quiso; de hecho, Oscar hizo el gol de la honra al aprovechar un servicio directo y driblar a Boateng con facilidad.
El drama tuvo punto y final, o inicio. La pasión por el fútbol en el país y los conflictos sociales pueden darse la mano para unirse contra los de Scolari, que pasan por las horas más difíciles de su vida. Queda en la historia un espectacular partido de Alemania, mostrando sus virtudes como nunca antes y demostrando que la idea de Löw merece un premio. Vuelven a una final. Vuelven a tener la oportunidad de ser los reyes.










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